Psicocartografía y objetos

He establecido la ‘cita posible’ situacionista (el azar en los encuentros con mis interlocutores) de manera total, exagerada: mi estrategia consiste en exponerme públicamente por Valladares, pasearla por sus empinadas calles, las barras de sus bares, la parada de autobús o por el centro vecinal. He eliminado cualquier hipótesis de lo que busco o de lo que quiero contar (prefiero que me cuenten). Soy un entrevistador sin preguntas en busca de respuestas. Los días de acción me dejo el suficiente tiempo –todo- para arrastrarme por los acontecimientos, dejarlos que fluyan hasta el final, sin interrumpirlos ni abortarlos. Así va surgiendo un recorrido azaroso por la parroquia, acompañado de seres que bien pudieron ser otros y que aparecen con voluntad de mostrármela. La gente es generosa –me están ‘ganando’-, se muestra colaboracionista en todo momento, aun desconociendo cuál es mi cometido exacto. Desde que estoy aquí me han confundido con un delincuente (mis primeros paseos desorientados por la parroquia fueron relacionados con una ola de asaltos a casas de la zona, ya os contaré mejor, os resultará divertido), historiador, fotógrafo, hagiógrafo –me sé la historia de todos los santos locales- o el albañil encargado de arreglar uno de los molinos cercanos al centro. Como vivo en un contenedor, un vecino me preguntó el otro día cuándo carallo acabaríamos las obras de la casa colindante. “Aún tardaremos”, le respondí (la obra de arte del artista obrero). Paseo sin rumbo aunque, en los últimos días, mis derivas se extravían: los vecinos detienen su coche a mi paso para invitarme a subir y llevarme a algún desorientado punto de destino. ¿Adónde vas, homeciño? “No sé”. “Sube, que te llevo”. Me han invitado a ver unos veinte molinos –con tanto empeño, empiezo a denotar su importancia en el imaginario colectivo, aunque es pronto para extraer conclusiones-, un embalse, un anochecer nebuloso –espectacular, os lo prometo- en la cima de un monte, un entrenamiento de bolos celtas (acabé jugando), un concierto hardcore en un bosque, un partido de fútbol, una fosa de lobos, unas cabañas abandonadas para el rebaño, un huerto comunitario, un clausurado basurero –el antiguo vertedero de Vigo- enterrado bajo un prado. Hasta ahora solo he rechazado una visita a un campo de golf. Tengo en agenda un paseo por la ría, la visita a un invernadero de permacultura y la procesión de San Bartolomé. Hay un vecino con el que me cruzo a menudo por la Estrada Xeral que me va contando de manera pormenorizada cómo van las obras del nuevo hospital. Le escucho con la misma atención que pondría un arquitecto recibiendo las explicaciones de un aparejador. Otro, el hijo del ferretero, manifiesta una curiosa fascinación por los portugueses: pese a considerarlos como seres inferiores reconoce que han adquirido una mayor calidad de vida a través de la holgazenería, el nomadismo y el estraperlo (el otro día intenté hablarle del decrecimiento, pero no pareció entenderlo). Me habla de grandes mercados de marcas falsas bajo sótanos del otro lado de la frontera. En general, los vecinos muestran conocimientos materiales, de oficios, de molinos, de campo, una manera pétrea de fijarse en el entorno. Me los transmiten con una jerga incomprensible y movimientos de manos con los que intentan explicar algo que, parecen deducir, no entiendo. Historias de canteiros, carreteiros, picapedreiros, carreiros (oficios relacionados con la cantera, junto a los molinos, el primigenio desarrollismo de la parroquia). Yo agradezco, de corazón, transitar tan trastabillado, acompañado de singulares gentes que me ofrecen lo que saben, lo que entienden o lo que interpretan (un potlach de conocimiento). Cualquier conversación adquiere su importancia, aunque muchas de ellas sean de aparente naturaleza intrascendente, ya tendré tiempo para filtrar lo que sí de lo que no. De momento, cartografío el terreno a través de pequeñas historias, siempre inconclusas, dudosas. Trato de encontrar un hilo que anude la información recopilada. A veces resulta agotador, sufro altibajos anímicos, transito del éxtasis al sopor sin motivo aparente. Anoto todas las historias, prestando mayor atención a las que me pudieran resultar más insignificantes. Solo evito –desvío- conversaciones sobre fútbol y política, a sabiendas de que poco o nada me podrán aportar. Entiendo que hay referentes colectivos –un imaginario que conforma una identidad, una pertenencia al lugar- que no aparece en los libros, formada por anécdotas de transmisión oral, apodos familiares, remates de falos en los hórreos, campanas enterradas (en el Alba hay una), personajes ya muertos (Ignacio Costas Piñeiro, Don Prudencio, el carpinteiro de la Sobreira…), nombres invisibles de lugares –toponomia- que no aparecen en los mapas pero que permanecen guardados en la memoria de los paisanos y que esconden privilegiada información que me traslada a una interpretación psicológica del entorno: no es baladí que un lugar se llame ‘camiño do merda’ o que a una familia le llamen ‘os caruchos’ –puro en portugués, por poner dos ejemplos. Como nudo relacional con los vecinos surgen los objetos, no le he pedido a nadie que piense en ninguno, van surgiendo de las conversaciones y los trayectos: los escojo de las narraciones, por la historia que guardan, la memoria que transmiten: un reloj, un acordeón, un medallón conmemorativo de un vecino que estuvo en la Antártida, una plancha, una colección de monedas argentinas, las desvencijadas butacas del antiguo cine, un yunque oxidado, etc. Una vez seleccionados, estoy en la fase más complicada: hacer entender a mis interlocutores que su historia me sirve, que su objeto guarda un aura en mi interrelación con ellos y Valladares. Algunos no se creen que historias tan mínimas puedan trascender más allá del asumible olvido. Otros dudan que algo que es chatarra mil-veces-a-punto-de-acabar-en-la-basura pueda guardar ahora un valor expositivo. Suscribo la frase del Memorial a Walter Benjamin en la localidad fronteriza de Port Bou: “Es tarea más ardua honrar la memoria de los seres anónimos que la de las personas célebres. La construcción histórica está consagrada a la memoria de los que no tienen nombre”.

 

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About Paco Inclán

Paco Inclán (Valencia, 1975). Editor, escritor y agitador socio-cultural. Ha complementado su licenciatura en Ciencias de la Información con varios postgrados que le han permitido especializarse en educación y cooperación. Desde entonces su voluntad creativa desde el punto de vista artístico ha estado vinculada en la puesta en la creación colectiva a través de procesos participativos con grupos humanos. En este sentido ha promovido talleres de prensa, realización de cortometrajes, obras de teatro, play backs/performances o programas de televisión y radiofónicos, contando siempre con la participación e implicación de los usuarios de dichas actividades. Participó como animador socio-cultural en los campamentos internacionales del Forum de Barcelona (2004) y coordinó el Casal de la Juventud de Godella (2001/02). Actualmente edita la revista de arte y pensamiento Bostezo, publicada por la Asociación Cultural Bostezo, en la que ejerce como presidente. Además, es miembro organizador del Festival de Cine de Ciencia Ficción, Fantástico y de Terror Catacumba. Ha colaborado como articulista en varios medios, como el diario mexicano Milenio o la revista Replicante. Ha publicado los siguientes libros: La solidaridad no era esto (2000), reflexiones sobre el trabajo como educador con los niños de la calle en Tegucigalpa, El País Vasco no existe (2004), memoria narrativa de una estancia en el País Vasco y el compendio de su narrativa mexicana en La vida póstuma (2007). Ha sido becado por la Fundación Max Aub y el Instituto de Estudios Catalanes.