A la deriva

Los resultados de mi primera deriva pueden considerarse un rotundo fracaso. Sinceramente, desde un principio me preocupa deambular por terreno tan sinuoso, repleto de terraplenes, inclinaciones del terreno o cómo quiera usted llamarlo. A mitad camino me fallan las fuerzas. Incapaz de dejarme llevar por las circunstancias ambientales, invierto mis esfuerzos en una mera cuestión física de supervivencia.

La subida saca a relucir mis flaquezas de psicogeográfico por terreno accidentado: se desploman mis piernas, sufro una ‘pajara’. El cielo se despeja y el sol comienza a golpearme. La temperatura oscila entre dos o tres grados, pero en el estado en el  que me encuentro, no consigo dilucidar si es la ambiental o la mía propia. Deberían utilizar mi careto para explicar en los colegios la definición de exhausto.

Transmito mal rollo, lo sé. Quizás por eso me resulta comprensible que, desde un campo cercano, alguien me lance una manzana que, afortunadamente, no impacta en mi cuerpo o que un caballo que pasta tranquilamente en un prado, donde decido detener por unos instantes mi agónico caminar, se inquiete por mi presencia y me invite de malas maneras a pirarme de allí. O que, en una curva, dos coches estén a punto de chocar al tratar uno de esquivarme. Uno de los vehículos acaba saliéndose de la carretera para dar a parar en uno de los matorrales que brotan del desaliñado arcén. En estado agonizante, y ante la ausencia de heridos, me desentiendo del percance automovilístico. Mientras me alejo, escucho discutir a los dos conductores. Uno de ellos echa la culpa al “gixo -fulano en galego- que caminaba” (ese soy yo). En estado tan agitado, ninguno de los dos asumiría mis argumentos de que no es muy aconsejable acometer una curva a velocidad tan acelerada. Así que, temiendo que mi intervención en la trifulca me acabe ocasionando males mayores, sigo mi paso, con ansías de regresar a mi contenedor.

Cuando llego, deduzco que tendré que calcular mejor mis derivas campestres: invierto en el proceso de recuperación el triple de tiempo que en su realización. Me ducho, me acuesto y trato de olvidar tan penoso deambular. Cuando me despierto, ya es de noche otra vez.

 

This entry was posted in residencias 2011 by Paco Inclán. Bookmark the permalink.

About Paco Inclán

Paco Inclán (Valencia, 1975). Editor, escritor y agitador socio-cultural. Ha complementado su licenciatura en Ciencias de la Información con varios postgrados que le han permitido especializarse en educación y cooperación. Desde entonces su voluntad creativa desde el punto de vista artístico ha estado vinculada en la puesta en la creación colectiva a través de procesos participativos con grupos humanos. En este sentido ha promovido talleres de prensa, realización de cortometrajes, obras de teatro, play backs/performances o programas de televisión y radiofónicos, contando siempre con la participación e implicación de los usuarios de dichas actividades. Participó como animador socio-cultural en los campamentos internacionales del Forum de Barcelona (2004) y coordinó el Casal de la Juventud de Godella (2001/02). Actualmente edita la revista de arte y pensamiento Bostezo, publicada por la Asociación Cultural Bostezo, en la que ejerce como presidente. Además, es miembro organizador del Festival de Cine de Ciencia Ficción, Fantástico y de Terror Catacumba. Ha colaborado como articulista en varios medios, como el diario mexicano Milenio o la revista Replicante. Ha publicado los siguientes libros: La solidaridad no era esto (2000), reflexiones sobre el trabajo como educador con los niños de la calle en Tegucigalpa, El País Vasco no existe (2004), memoria narrativa de una estancia en el País Vasco y el compendio de su narrativa mexicana en La vida póstuma (2007). Ha sido becado por la Fundación Max Aub y el Instituto de Estudios Catalanes.